9: Delirio
Desperté con dolor de cabeza e intensas nauseas. Antes de despertar, lo había visto, asomado a la baranda, viéndome caer mientras gritaba divertido, “¡Mi nombre es Gabriel!” Después estaba la obscuridad familiar, aquella que había reemplazado a mis sueños hasta que él había aparecido; y vaya si había sido un gran acontecimiento; después de tantos años viendo nada sino negrura intensa y asfixiante, tenerlo cerca era bastante entretenido.
Tal vez aquel encuentro terminara con alguno de los dos, si es que no lo hacía con ambos; aunque realmente no importaba, todo lo que importaba eran las ganas de verlo otra vez, más fuertes que cualquier otra cosa.
Y mientras caminaba hacia la regadera, la oleada de melancolía me golpeó con toda la arrolladora fuerza de los recuerdos reprimidos. Todo se nubló mientras…
-¡June!- escuché la voz de aquella mujer a la que reconocí como mi madre mientras tiraba de mí con el rostro aterrado; después, detrás de ella, mi padre, con el mismo gesto severo que lució durante todos los años en que lo conocí, me miró fijamente y después volteó a ver a mi madre, diciéndole con tono ausente:
“Deja, deja a mi alma de mentira vivir;
En tus ojos un dulce, largo sueño, dormir,
Y a la penumbra de tus pestañas, soñar.
-¿Papá? -pregunté conteniendo las lágrimas; pero aquél hombre ya no era mi padre, era un joven de pálidos ojos verdes y matices ambarinos y turquesas que se acercaba a mí con una mirada curiosa; intenté levantarme, pero tenía el lado izquierdo del cuerpo completamente adormecido y el pecho me dolía intensamente.
-¿Estás bien?,-preguntó el con una voz demasiado melódica para un joven de su edad. Intenté contestarle, pero en lugar de ello, un grito inundó sonoro la habitación, haciéndolo contraer el rostro en un gesto de angustia -perdona, -dijo él francamente asustado -la puerta estaba abierta y te escuché gritar cuando pasaba por aquí; perdona si te espanté, de verdad lo siento.
Durante unos minutos ninguna palabra brotó de mi boca; notaba sus ansias crecer con cada segundo que pasaba, junto con mi desesperación al notarme incapaz de articular palabra alguna, que hacía que mi respiración se agitara cada vez más.
-La ambulancia no debe tardar en llegar, -continuó él con auténtica preocupación mientras me sostenía la cabeza contra su pecho, pero la obscuridad comenzaba a caer lentamente a mi alrededor, y escuchaba la voz de mi madre llamándome a la distancia, unida a otras voces, voces que no conocía; y entonces, me vi de nuevo en la habitación donde había estado antes.
-June, -dijo Gabriel con aquel tono extrañamente familiar mientras tomaba mi rostro entre sus manos -te estaba esperando, -continuó el, irresistible, confiado. ¿Acaso había sido así siempre? ¿Aquel ángel caído, de seductora sonrisa y mirada melancólica? Sentí unas enormes ganas de llorar, otra vez aquella oleada de terror, de incertidumbre…
-¡Eres tú!, -susurré con enorme alegría mientras me arrojaba a sus brazos abiertos -¡Gabriel! ¡Estás aquí! -continué con lágrimas en los ojos, apretándolo mucho con mi abrazo, para después besarle la mejilla fría.
-Te dije que vendría por ti -dijo él susurrando cada palabra muy despacio en mi oído mientras seguíamos abrazados -y esta vez, no te dejaré ir.
Entonces sentí aquel tirón, y la presión sobre mi pecho se hizo tangible, dolorosa, antes de ello, escuché la voz del joven diciéndome:
-no vayas con él, bajo ninguna circunstancia vayas a reunirte con él.